La fabricación de la leyenda madrileña del Cid Campeador
El Cid. The National Journal of the Tau Iota Chapter of Sigma Delta Pi, The Citadel, 2020, pp. 122-32 (forthcoming) (PeerReviewed) https://www.citadel.edu/root/images/modern_languages/el_cid_2020_edition_xxx.pdf
En Madrid circula una
leyenda que tiene al Cid Campeador como protagonista. “La leyenda del cubo”, como
se la conoce, toma su nombre del trozo de muralla que se desprendió frente al
paso del Cid, y del cual surgió la talla de la Virgen de la Almudena, tapiada
en el muro durante los siglos de dominación musulmana. “La leyenda del cubo” va
cobrando más alcance mientras se difunde en internet, en Wikipedia, y en medios
de comunicación como la prensa y la televisión. Lo que a ojos vista parece ser
tan sólo una leyenda popular, en realidad encierra la interpretación de una
historia mayor: la de la construcción secular de la identidad nacional
española.
Por lo general, la idea
de folklore se asocia con las clases menos privilegiadas,[1]pero como reconoce el
antropólogo Luigi Lombardi Satriani, el folklore también se puede encontrar
entre los que gobiernan. Lombardi registra esta realidad, pero, apunta el
investigador José E. Limón al respecto, Lombardi no resuelve claramente este
problema, ni trata adecuadamente una pregunta paralela: ¿cómo explicar el
folklore entre las clases subordinadas que reproducen la dominación ideológica
del orden hegemónico? (46), cómo entender que: “the values of the official
culture are not only not rejected, contraposing to them other values, but are
totally accepted and emphasized…” (Lombardi
106). En el caso que nos ocupa, entender la fabricación de “la leyenda del
cubo” supone acercarnos a explicar la interrogante de ese fenómeno, es decir,
entender cómo una leyenda que circula hoy entre el pueblo, y que el pueblo
replica en las redes sociales, guarda correspondencia con la inalterable y
dominante ideología nacionalista española.
La
construcción de una leyenda
La
leyenda del Cid en Madrid, usada para refundar la villa despojándola de su
pasado islámico, emplea al héroe burgalés para conferir a la fundación de la
capital del reino de España el carácter nacional, como éste ha sido entendido
por los estamentos conservadores durante siglos: anclado a la monarquía y al
catolicismo. Por todos es conocido que el Cid representa la imagen del reino,
pues él es núcleo de todos los linajes reales.[2] El
investigador Juan Carlos Elorza refiere al respecto, “… que se consideraba que,
aunque no había sido rey, por él los reyes reinaban. Prueba de esta elevada
consideración la tenemos en las distintas versiones que en los siglos XV y XVI
se realizaron de la Anacephaleosis (Genealogía de los Reyes de
Castilla)” (4-5).
Al
ser representante de la monarquía, por ende, se le relaciona con lo divino bajo
la justificación teórica del derecho divino de los reyes. La construcción de la
imagen del Cid que aparece en el Poema de Mio Cid (PMC) refuerza
esta afirmación al incluir al héroe entre los elegidos de Dios, aquellos que
gozan de la aparición del arcángel Gabriel, depositario de los mensajes
importantes, tales como: el nacimiento de Juan el Bautista a Zacarías; de Jesús
a la Virgen María; del Corán al profeta Mahoma; de la victoria de Alejandro
Magno al profeta Daniel; de la victoria de Carlomagno ante las huestes
musulmanas del emir Baligán de Babilonia. Al inicio del destierro, en el
momento en que abandona la línea divisoria de Castilla, el Cid acampa. El
arcángel Gabriel llega a él en un sueño “dulce” para aventurarle su destino
triunfante: “mientra que visquiéredes bien se fará lo to” (v. 408).
Si
nos remitimos a una organización cronológica de la vida del Cid recogida en los
cantares de gesta, encontramos en Mocedades de Rodrigo (siglo. XIV) otra
aparición divina que ocurre antes que el Cid proceda a librar las batallas que
había jurado antes de esposarse con Jimena. Entonces San Lázaro viene a él oculto
en la figura de un leproso pidiendo piedad, el Cid le acoge y le brinda albergue.
Esa noche, en sueños, el gafo aparece ante el Cid como San Lázaro y le vaticina
un futuro victorioso. El Cid despierta y el leproso ha desaparecido. Este
episodio que tiene a San Lázaro y al Cid como protagonistas reaparece en La
Crónica de Castilla
[3]con
un giro que cobra importancia para “la leyenda del cubo”, puesto que las
crónicas que recogen este evento incorporan la figura de la Virgen, a quien el
Cid agradece tras el vaticinio de San Lázaro.
Si en las
versiones de las crónicas y de las Mocedades encontramos al Cid ante San
Lázaro, en otra leyenda[4] que circula por internet ,
y que como veremos sirve de preámbulo a “la leyenda del cubo”, hallamos al
héroe en la ciudad de Toledo, donde éste, tras ayudar a un leproso a salir de
su zanja, ve como transmuta en la Virgen de la Almudena, quien le indica que debe
de tomar Madrid, y que ganará batallas aún después de muerto.[5]
Esta
idea de la transmutación de San Lázaro en la Virgen María puede tener origen en
el suceso que documenta el historiador Jules Stewart en su libro, Madrid:
The History, y que da cuenta de la aparición de la Virgen María implorando
al rey Alfonso VI[6]
que le permita liderar sus tropas frente a la batalla contra los moros por la
reconquista de Madrid (4). O también pudiera haber servido de origen el libro La
leyenda de Madrid (1881), de Manuel Fernández y González, que tiene a Rodrigo,
en lugar de al rey Alfonso VI, como protagonista de la leyenda desarrollada esta
vez en Aranjuez, y donde el Cid ayuda al mendigo, quien encubre, no ya a Lázaro,
si no a la Virgen María vaticinando la conquista de Madrid al héroe. “La
leyenda del cubo” vendría a dar continuidad a esta otra leyenda que le sirve a
aquella de antecedente cronológico, pues en la primera se efectúa la petición
de conquista por la Virgen, y en la segunda la consecución de la misma, y el
posterior hallazgo de la talla de la patrona de Madrid en el muro.
“La
leyenda del cubo”
La
leyenda sobre la aparición de la Virgen de la Almudena posee varias versiones[7]
y éstas podían leerse en el siglo XVII de la mano de Jerónimo Quintana en Historia
de la antigüedad, nobleza y grandeza de la Villa de Madrid (1629), y Juan
de Vera Tassis en Historia del origen, invención y milagros de la Sagrada
Imagen de Nuestra Señora de la Almudena (1692). El texto de Quintana refiere
que “el rey Don Alfonso VI ganó a Madrid de poder de los moros por el año de
mil y ochenta y tres” (143), y entonces el pueblo de Madrid se empeñó en
encontrar la talla de la Virgen escondida por sus antepasados antes de la
conquista de la ciudad por los musulmanes, para tal fin salieron en procesión,
“se cayó instantáneamente un pedazo de muro”, y en uno de los cubos, que había
servido de escondite durante más de trescientos años, estaba la imagen de la
Virgen. Vera Tassis, hace mención de la misma leyenda, pero sitúa la misma, no
en tiempos de Alfonso VI, sino durante otro asedio llevado a cabo los almohades
en 1197.
Lo
cierto es que la recreación de este suceso da un giro de cambio, que la acerca
a la versión actual que encontramos en internet, en un texto que lleva por
título, Leyenda y tradiciones populares de todos los países sobre la Santísima
Virgen María, publicado “con licencia y previa censura de la autoridad
eclesiástica” en 1869,
y en donde aparece la leyenda contada ahora de otra manera: el rey Alfonso VI
se empeña en encontrar el paradero de la imagen y sale en procesión a buscarla
con una comitiva ilustre. En el libro, a pie de página, se lee: “según cuentan
las crónicas, en esta procesión iban además de D. Alfonso VI de Castilla, el
rey D. Sancho de Aragón y de Navarra, con los infantes D. Fernando, Cardenal, y
D. Martín, varios prelados, y numerosos caballeros castellanos, aragoneses,
navarros y extranjeros. Entre los nobles y ricos-homes iba tambien el famoso
Cid Campeador D. Rodrigo de Vivar” (141). En un libro titulado, La devoción
a la Virgen en España: historias y leyendas (2003), de Jesús Simón Pardo, se
repite la leyenda de igual modo, es decir, haciendo mención especial al Cid
como parte de la comitiva que acompaña al rey en la búsqueda de la Virgen: “no
se anduvo con chiquitas al preparar la fiesta a la que invitó a los reyes de
Aragón y Navarra, a distintos prelados e incluso al Cid Campeador” (287).
Hoy
en día, la leyenda más difundida en el diario ABC,[8]en el canal de televisión
autonómico Telemadrid,[9]en páginas web de turismo,[10]en la radio,[11]en blogs,[12]etc. otorga protagonismo
al Cid encontrando la talla de la Virgen tapiada en el muro. Esta nueva variante
de la leyenda va ganando legitimidad y expansión mientras se disemina en
internet, y sobre todo, en la entrada sobre la Virgen de la Almudena que recoge
Wikipedia en español. No se precisa mencionar que esta enciclopedia, de fácil
acceso, es la preferida de los usuarios. Head y Eisenberg (2010) destacan que
Wikipedia es usada en un ochenta y cinco porciento de los trabajos de clase de
los estudiantes universitarios para obtener resúmenes sobre un tema. Si alguna
información sobre el folklore relacionado con la Virgen de la Almudena, patrona
de Madrid, se necesitase a mano, Wikipedia provee tal información de esta forma:
“Otra tradición cuenta que al héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid,
se le habría aparecido la Virgen, pidiéndole que tomase la fortaleza de Mayrīt.
Al acercarse El Cid y sus acompañantes a la villa, se habría desprendido el
fragmento de muralla donde se hallaba la figura, y así habrían podido entrar y
tomar la ciudad” (https://es.wikipedia.org/wiki/Virgen_de_la_Almudena).
El
hecho de relacionar al Cid con Madrid no tiene base histórica alguna, puesto
que la única forma en que Rodrigo Díaz pisó Madrid fue a través de los versos
de Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), que llevan por título, “Fiesta de
toros en Madrid”:
La
Zaida desde una almena,
le
habló una noche cortés,
por
donde se abrió después
el
cubo de la Almudena. (Almela 134)
En la versión “final” de la leyenda se han
fundido tres tradiciones diferentes y originalmente desconectadas. Una es la
relativa a la aparición de San Lázaro al Cid, que no guarda la menor relación
con Madrid ni con su patrona; otra, la tradición que cuenta que la Virgen de la
Almudena se halló en el reinado de Alfonso VI; y finalmente una tercera venida
de los versos de Moratín sobre la participación del Cid en unas fiestas en
Madrid en tiempo de los moros.
Más
allá de cuán interesante sea conocer las posibles fuentes de las que se apropia
la leyenda —según Roman Jakobson
—, resulta aún más importante para los estudios sobre
folklore entender la finalidad de este proceso, es decir, “… the function of
borrowing and the selection and transformation of the borrowed materials” (13). La “última” versión de la leyenda sobre la fundación de la villa de
Madrid sitúa al Cid como padre fundador, y a la Virgen de la Almudena como
madre original de ella. Los arquetipos se enlazan con el objetivo de instaurar
la capital de la nación sobre el basamento de dos pilares que han regido la
construcción de la nación española: la monarquía, con el Cid, rey de reyes,
como representante primero, y la religión, con la figura de la Virgen María,
quien, acorde con la interpretación de Carl Jung, representa la
expresión más amable del arquetipo femenino: “all that is benign, all that
cherishes and sustains, that fosters growth and fertility” (16).
Lo
significativo de esta hermandad reside en el hecho de que la relación entre la
Virgen y el Cid es resultado de una interpretación, digamos oficialista, que
por siglos se ha adoptado para cifrar una historia de España que no se aviene
con la imagen del héroe que es del gusto popular.
La
interpretación oficial del Cid
Las
hazañas del Cid, transmitidas de forma oral, fueron fijadas en la escritura para
difundir la fama de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, entre la élite
culta compuesta por clérigos y cortesanos. El primer testimonio poético del Cid
histórico, el Carmen Campidoctoris, compuesto hacia 1190, no se difundió
entre los juglares por estar escrito en latín, lengua que el pueblo no entendía
desde fines del siglo XI. El poema adolece en ocasiones de referencias
históricas ciertas, y silencia lo que no se aviene a ser difundido. Por ejemplo, se presenta al héroe como
siervo del rey Alfonso VI (1040-1109), rey de León (1069-1109) y de Castilla
(1072-1109), cuando en realidad el Cid operó al servicio del rey Al-Mutamán, de
la taifa de Zaragoza, entre los años 1081 al 1086.
Los
errores históricos del Carmen Campidoctoris aparecen esclarecidos en la
Historia Roderici (siglo XII), extensa biografía latina, total desconocida
hasta fines del siglo XVIII, donde se presenta al héroe derrotando a cristianos
y a musulmanes. El Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici
parecen haber servido de fuente para la escritura del Poema de Mio Cid
(1207), cuya primera copia amanuense fue descubierta en el siglo XVI, pero
publicada en el siglo XVIII. Ian Michael comenta que nada sabemos sobre la
circulación ni la difusión del Poema de Mio Cid en su edad temprana,
puesto que: “El Poema del Cid dejó pocos ecos directos en la poesía medieval
contemporánea posterior” (14).
Las
hazañas del Cid Campeador permanecieron vivas en las crónicas alfonsíes y
sanchinas, herencia de Alfonso X el Sabio (1221-1284), las cuales incorporaron
tardíamente la versión primitiva de las Mocedades de Rodrigo (siglo
XIV), poema heroico que cuenta las hazañas juveniles del Cid. Antonio López
Fonseca aporta una observación importante sobre el tema, al dar cuenta de que Mocedades
de Rodrigo constituye la fuente en las que se originaron las numerosas
versiones posteriores sobre la figura del Cid (24). En Mocedades de Rodrigo
se presenta al héroe castellano como devoto de la Virgen María:
Essas
horas dixo Rodrigo: -Señor pláceme de grado;
a
tal plazo nos desdes que pueda ser tornado,
que
quiero ir en romería al padrón de Santiago
et
a Santa María de Rocamador,[13]
si
Dios quisiese guissarlo. (v. 555)
De
igual manera, en la cronología del Cid más histórico, el de Historia
Roderici (siglo XII),
publicada en 1792, se hace patente la devoción a la Virgen María, a través de
la intención del Cid de expandir su culto alzando iglesias para ella en pueblos
arrebatados a los moros, como es el caso de Almenara, donde Rodrigo “Ordenó
edificar una iglesia en honor de la Santísima Virgen María” (v. 371); o
Valencia, donde mandó a construir la Iglesia de Santa María Virgen en el sitio
donde estaba la mezquita (v. 374). En la misma línea se presenta el Poema de Mío Cid (siglo XIII). La
primera vez que se escucha la voz del Cid en el poema es para oírle dar gracias
a Dios, y la segunda para escucharle formular una petición a la Virgen María:
válanme
tus vertudes Gloriosa Santa María! (...)
Vuestra
vertud me vala,
Gloriosa,
en mi exida
e
me ayude e me acorra de noch e de día! (vv. 221-225)
La
plasmación del culto a la Virgen en los textos citados tenía la intención de
servir a la difusión de la tradición mariana de influencia francesa en la
península en el contexto de las Cruzadas (1095-1270). Fernando Riva analiza este
tema y comenta que:
...
el papel de la Virgen María en el PMC tiene una función de protección y
fomento de las acciones de la cruzada española y de la figura de Rodrigo, en
particular, en el marco de su itinerario. María se desarrolla como parte
primordial del discurso de la ideología de cruzada que fue difundido en España
desde el siglo XI hasta el XIII a partir de la influencia francesa en la
Península y, en particular, a partir del papel cumplido por la Orden del Císter
y su relación con la promoción de Santa María. (136)
El
texto de Mocedades de Rodrigo (siglo XIV) fue el que dejó su impronta en
los romances cidianos que empezaron a cantarse por los años 1380. Tales
romances sobre el Cid, difundidos por los juglares de pueblo en pueblo, son producto
de los acontecimientos históricos del siglo XIV y de las primeras décadas del
siglo XV: un tiempo de enfrentamiento entre la monarquía y la aristocracia en
España producto del freno que impuso la primera a la expansión territorial de
la segunda sobre tierras andalusíes, lo que trajo como resultado la rebeldía de
la aristocracia. La imagen del Cid, representante de la nobleza castellana,
abandona en el romancero la fidelidad al rey, deja de ser el buen vasallo del
cantar, para comenzar a distinguirse por su postura insubordinada ante el poder
monárquico y religioso.
Lo
interesante de esta imagen rebelde es que guarda correspondencia con la del Cid
histórico. María Eugenia Lacarra en El
Poema de Mio Cid. Realidad histórica e ideología contrapone los sucesos
históricos sobre la vida del Cid Campeador, con los que cuenta el Poema de Mio Cid, para concluir que el
mismo: “no refleja la realidad histórica del siglo XI, sino la ideología del
autor, quien al tomar partido en los conflictos de su época hace una obra de
propaganda” (159). El Cid histórico, ejemplifica la autora, no acudió a prestar
ayuda al rey Alfonso, más bien se autoproclamó príncipe de Valencia, lo que
indica que el Cid Campeador no consideraba a Alfonso su rey (108-9). A pesar de
estas realidades, el Poema retrata a
Rodrigo Díaz de Vivar como un vasallo fiel, quien por voluntad propia envía en
tres diferentes ocasiones presentes al monarca con el deseo de obtener su
merced.
En
conclusión, dos imágenes del héroe son fabricadas de manera contrapuesta: la de
Poema de Mio Cid, que ofrece
una visión del héroe castellano como la del buen siervo, y la de los romances populares,
que se corresponde con el Cid de las Mocedades
de Rodrigo. Diego Catalán
lo resume de mejor manera expresando: “en el Cantar de Mio Cid: todo lo que aquí destacaba como mesura,
familiaridad, humildad, prudencia y respeto a la corona, en aquél último
testimonio de la épica medieval castellana se vuelve desmesura, rusticidad,
soberbia, desparpajo e insolencia, hasta conformar la imagen esencialista del
“Soberbio Castellano” (264). El Cid del romancero, “soberbio castellano”, es el
que desafía al rey, al Papa, y que tiene incluso amores extramaritales con Doña
Urraca. En la tradición popular del romancero el Cid no destaca, ni por su religiosidad,
ni por su devoción mariana, ni por su lealtad al rey.
Los
romances del Cid, que eran del gusto del pueblo desde el siglo XIV, alcanzaron
difusión al ser impresos en pliegos sueltos que se vendían a ínfimo precio a
comienzos del siglo XVI, como resultado del abaratamiento de los costes de
producción y la extensión de la imprenta en España. El Romancero del Cid [14]gozó de 35 ediciones entre los
años de 1605 y 1757. Siendo así que la imagen que prevaleció en la tradición
oral y la escrita del romancero, por siglos, fue la del “soberbio castellano”,
irreverente con el poder:
¡Maldito
seas, Rodrigo,
del
Papa descomulgado,
que
deshonraste á un Rey,
el
mejor y mas sonado! (57)
No
es si no en la segunda mitad del siglo XIX que empezó a desfallecer la
tradición del Romancero ─aparecen en menor cantidad los romances del Cid[15]─, mientras empezaba a cobrar
vida la edición de Historia Roderici, y del Poema de Mio Cid,
debido al auge del nacionalismo en el siglo XIX.
En
un tiempo de cimentación de las raíces históricas para construir la idea de
nación de los pueblos europeos, la publicación del Poema de Mio Cid (1779),
como la de otras epopeyas nacionales —el Cantar de los Nibelungos (1807)
en Alemania, Beowulf (1815) en Inglaterra, La Chanson de Roland
(1837) en Francia, — obran la misión de instaurar un sentimiento comunitario
concebido a través de los valores presentados por los héroes de los cantares de
gesta. El caso español es peculiar. Desde la expulsión de los musulmanes y
judíos, cada cabeza reinante, con el apoyo eclesiástico, se había dado a la tarea
de probar que España era parte de la Europa cristiana, y para más señas, era
incluso el baluarte de la cristiandad, del catolicismo que hizo imposible
cualquier aire de reforma, y que mantuvo en España entidades políticas basadas
en vínculos religiosos y dinásticos. Mientras en Europa el estado moderno terminaba
sustituyendo la figura del rey, la lealtad común al monarca por la lealtad al país,
en España, en cambio, la nación moderna surgida con las Cortes de Cádiz (1810-1814),
que promulgaba un estado constitucional que situaba al rey al servicio de su
pueblo y no viceversa, duró poco. Una vez que Fernando VII fue liberado y recuperó
el poder, España regresó a su posición habitual, la que Álvarez Junco explica en
Dioses útiles: naciones y nacionalismos diciendo:
Posteriores
actitudes populares, como la entusiasta recepción a Fernando VII incluso
después de haber anulado toda la obra de las Cortes de Cádiz, obligan a
reconocer que lo que defendían los movilizados contra José Bonaparte —al menos
buena parte de ellos— era la religión y la monarquía tradicional y no las
reformas liberales. (157)
A
tono con la resistencia a los cambios de los tiempos modernos, el Cid del PMC
regresa al pueblo, en el siglo XIX, interpretado por las élites
intelectuales conservadoras, que lo presentan como depositario del modelo impertérrito
del buen español: leal a su rey y fiel a su religión, como ejemplo de conducta
a seguir para los españoles del siglo XX, a criterio de Menéndez Pidal en La España del Cid (632).
Luis
Galván en El poema del Cid en España.
1779-1936: Recepción, mediación, historia de la filología analiza las
transformaciones del PMC procedentes
de las interpretaciones académicas producidas en el campo de la filología, que
pasaron a difundirse en los planes de estudio, las revistas, los manuales
escolares, los libros infantiles, etc., para concluir que, si bien en el
período que transcurre entre 1779 y 1807 el
PMC es analizado básicamente desde un punto de vista formal que habla de la
antigüedad y la “rudeza de la obra” (48), de 1779 a 1936 el PMC pasará a
ser interpretado como símbolo nacional, y el Cid como héroe de la nación. Miguel
de Unamuno, Emilia Pardo Bazán, Manuel Milá y Fontanals, Menéndez Pelayo y
Menéndez Pidal interpretarán el PMC desde una postura romántica nacionalista
que destaca los valores caballerescos del héroe al servicio de la religión y de
la monarquía.
La
interpretación ideológica nacionalista del siglo XIX continua la tradición del
siglo XIII de La Crónica General de España de Alfonso X el Sabio, quien principia el
“proceso de mitificación del Cid en la historia” (Lacarra 107), al mezclar los
hechos históricos con los ficcionales del Poema,
al presentar al Cid como vasallo de Dios y del rey. Esta representación tiene seguimiento
en el siglo XVI, cuando los monjes de Cardeña ajustan la figura del Cid a su
causa personificándole como matamoros, como defensor de la cristiandad en la Crónica del Cid que ellos promovieron, y
como santo en la sillería de San Benito el Real de Valladolid. En el mismo
siglo, Felipe II se empeña en querer santificar al Cid y envía un emisario a
Roma para tal fin, mientras que Alonso de Cartagena, obispo de Burgos y maestro
de los intelectuales españoles, coloca al Cid en la Historia de España como prototipo ideal del príncipe castellano.
La
pujanza tradicional triunfa ante cualquier otra lectura que se haga sobre la
figura del Cid Campeador. Por ejemplo, Modesto Lafuente en Historia general de España
(1877) pone de relieve la independencia personal del héroe y su
enfrentamiento con el rey como manifestación de un rasgo democrático, de libre
elección, aspecto este que, resume Galván, es “apenas mencionado en la
tradición receptora española” (92). La opinión de Modesto Lafuente se hace
inaudible ante las voces de intelectuales de prestigio y autoridad, quienes
posesionaron al Cid como vasallo, y que tuvieron en Marcelino Menéndez Pelayo
su figura destacada.
Menéndez
Pelayo fue responsable de la ideología católica conservadora que quedó asociada
a la figura del Cid. Como subraya Álvarez
Junco, “[Menéndez Pelayo] created the definitive intellectual framework for the
Catholic-conservative version of nationalism that had been developing over the
preceding fifty years” (2011 283). En 1913, su alumno, Ramón
Menéndez Pidal, tomó el relevo de su profesor, y alentado por el deseo de
devolver a los españoles la gloria tras el Desastre del 98, usó la figura del
Cid Campeador como modelo de héroe nacional.
La España del Cid,
publicada por Ramón Menéndez Pidal en 1929, se convirtió en un éxito de ventas
inmediato y en lectura obligatoria para los cadetes en las academias militares
españolas. La investigadora María Eugenia Lacarra enfatiza que: “En su interés
por el Cid, el primer gobierno de Franco elige el creado por Menéndez Pidal y
lo propone como modelo del militar español moderno y de todos los españoles en
general” (111). El modelo de Menéndez Pidal, descrito en La España del Cid,
ensalza la intención del juglar que compuso el PMC, quien: “acierta a
poetizar hondamente en su héroe el decoro absoluto, la mesura constante, el
respeto a aquellas instituciones sociales y políticas que pudieran coartar la
energía heroica” (74-5).
La
imagen del Cid fue difundida en la enseñanza primaria franquista como retrato
de prohombre perteneciente a una línea sucesoria que incluía, entre otros, a Viriato,
Pelayo, Cortés, Felipe II, Primo de Rivera, y a Franco como representante último
del linaje católico. Tal fue así que en la educación primaria llegó a fijarse
la conexión entre el dictador y el héroe de Vivar en un libro de texto, España nuestra. El libro de las juventudes
españolas, escrito por Ernesto Giménez Caballero, y utilizado en las
escuelas como parte del programa de estudios sociales que enseñaba que:
“Franco: es el héroe de romance como el Cid- y así le llaman también sus
queridos moros, Sidi…” (Domke 172).
La
dictadura franquista vendría a constituir el eslabón más visible de la larga
cadena concebida por el poder: por los historiadores, por los intelectuales, por
los eclesiásticos, por los medios de información, con el objetivo de aglutinar
la nación española a tono con el pasado cristiano. La imagen del “buen vasallo”,
durante el régimen franquista, terminó por dar sepultar a la otra, a la del
“soberbio castellano”, que fuera otrora del gusto popular.
“La
leyenda del cubo” forma parte de un grupo de leyendas que presentan un mismo
patrón argumental, que Pierre Civil resume como: “el tema tradicional de la
ocultación de la imagen, en peligro de caer en manos de los infieles, y su
recuperación final, después de la victoria de los cristianos” (42). Sin ir más
lejos, la leyenda del Cristo de la Luz en Toledo y la leyenda de la Virgen de
Atocha presentan este argumento, forman parte de un mismo esquema narrativo,
con una misma finalidad ideológica: la que perpetua el mito nacionalcatólico
del origen de España, la idea de España nacida de la unidad de la religión
católica.
El
engaño que yace en esta clase de leyendas reside en la falsa creencia de que
las mismas son resultado del imaginario popular, cuando ya se ha visto, el Cid
más verosímil, el histórico, y el del gusto del pueblo, el del romancero, se
corresponde con una imagen en rebeldía contra el poder representado por la
iglesia y la monarquía. La imagen “del buen vasallo” se debe a una construcción
e interpretación sobre la figura de Rodrigo Díaz efectuada por sacerdotes,
monarcas, historiadores e intelectuales, aunados por el deseo de mostrar a
España como un reino unificado en la fe católica. Quedará por verse si las
leyendas que van siendo recogidas en el portal de internet, Camino del Cid,[16] iniciativa promovida por el
doctor Alberto Montaner, se separan de esta otra, “de la leyenda del cubo”, de
marcado carácter ideológico, o si esas son también producto de una finalidad
nacionalista de tipo didáctico.
El
peligro de las leyendas de esta clase es que ellas cumplen la misión de
perpetuar lo fabricado por el poder. El
folklore, refiere William R. Bascom, “fulfills the important but often
overlooked function of maintaining conformity to the accepted patterns” (346). Con
la difusión de leyendas de este tipo asistimos a la despedida del Cid como
representante rebelde, como “soberbio castellano”, para ver al héroe español
por antonomasia, al Cid, en su faceta de “buen vasallo” que divulga la leyenda,
entregado al servicio de la religión y el rey, de una idea monolítica de España.
En tiempos donde más bien debiera primar el cambio y la diversidad, realidades
tangibles de la aldea global, leyendas como esta cumplen la función de anclaje
conservador hacia un pasado construido sobre las bases de la exclusión y la
represión hacia lo diferente.
Notas
[1]
“De esta manera entendemos el folklore como expresión de la vida de las clases
sociales explotadas en contraposición con los criterios de los estratos
sociales dominantes” (Gramsci 149).
[2]
En las Corónicas navarras (siglo XII), obra en prosa romance más antigua
conservada en España, se presenta el "Linaje de Rodrigo Díaz el
Campeador", su ascendencia y descendencia, y se le entronca con la
monarquía reinante. En el Poema de Mio Cid (PMC) se lee: “Oy los
reyes de España son parientes son” (v. 3724).
[3]
El episodio que tienen a San Lázaro y al Cid como protagonistas ha sido
recreado en variantes literarias que analiza Alberto Montaner en “Rodrigo y el
gafo”, en El Cid, de la materia épica a las crónicas caballerescas.
Alvar, G, et al., editores. Universidad de Alcalá, 2002, pp.121-79.
[4]
La propagación de dicha leyenda tiene eco en numerosas publicaciones en
internet, entre las que destaco por su alcance, la aparecida en El Correo de
Madrid y en el periódico 20 minutos:
"Descubre
la leyenda del Cid y la Almudena", El Correo de Madrid, 28
feb.2016,
www.elcorreodemadrid.com/nacional/93055007/Descubre-la-leyenda-del-Cid-y-la-Almudena.html.
"Leyendas
españolas (grandes misterios)", 20 minutos, 23 nov. 2011,
https://listas.20minutos.es/lista/leyendas-espanolas-grandes-misterios-310787/.
[5]
Esta última parte de la leyenda encuentra su fuente en la Crónica General de
Alfonso X, basada ésta, a su vez, en La leyenda de Cardeña (siglo
XIII), que se concentra en relatar los últimos días de la vida de Rodrigo, y en
donde se da cuenta de la aparición de San Pedro para anunciarle al Cid: “Tanto
te quiere Dios fazer merced, … et que tu, seyendo muerto venças esta batalla.”
(Pidal, 1906 633).
[6] Huelga
recordar que la reconstrucción de este episodio, donde el Cid reemplaza en la
nueva versión al rey Alfonso VI, tiene su explicación en el comportamiento de
la ‘función’ de un personaje explicada por Vladimir Propp en Morfología del
cuento al decir que, “así como los caracteres y las funciones de los dioses
se desplazan de unos a otros y pasan incluso, finalmente, a los santos
cristianos, las funciones de ciertos personajes de los cuentos pasan a otros
personajes” (32-33).
[7]
Una referencia más conocida que la de los historiadores viene de la mano de
Calderón de la Barca en el auto sacramental que lleva por título, El cubo de
la Almudena (1680). Al respecto, Luis Galván en su libro, El cubo de la
Almudena, nos deja saber que lo que Calderón cuenta tiene a Vera Tassis
como base histórica (p.11).
[8] “La
Almudena: tres leyendas sobre el origen de la Virgen madrileña con nombre
árabe”, ABC, 9 nov.2016, 16:09,
www.abc.es/espana/madrid/abci-almudena-tres-leyendas-sobre-origen-virgen-madrilena-nombre-arabe-201611082339_noticia.html.
[9] "La
virgen oculta en la muralla de la Almudena", TeleMadrid, 6
may.2016, 21:59 h,
www.telemadrid.es/programas/punto-sobre-la-historia/la-virgen-oculta-en-la-muralla-de-la-almudena.
[10] Antonanzas
de Toledo, Diego. "Los orígenes de Madrid y la Virgen de la
Almudena", Madrid & you, 28 sept,2013,
madridandyou.com/los-origenes-de-madrid-y-la-virgen-de-la-almudena/.
[11] Zurdo,
David, "Las leyendas de la Almudena", 19 jul, 2019, 15:59 h, Cadena
Ser,
https://cadenaser.com/emisora/2019/07/19/radio_madrid/1563544751_187406.html.
[12] "Pequeña
historia de Madrid escrita para un blog: La conquista de Madrid por Alfonso
VI", Miradas de Madrid, 3 jul,2015,
http://miradasdemadrid.blogspot.com/2015/07/historia-de-madrid-capitulo-vii-la.html.
[13] Una
famosa imagen de la Virgen de Santa María de Rocamadour existió en el
monasterio de Santa María de Hornillos, al oeste de Burgos, en el camino
francés a Santiago de Compostela, según documenta Colin Smith en, The Making
of the Poema de Mio Cid, p.221.
[14] Carlos
Clavería nos hace saber que buena parte de los romances del Romancero del
Cid procede del Cancionero General de 1550, p.263.
[15] En
1872 aparece el Romancero del Cid en
formato popular, el cual llegó a alcanzar en 1897 su séptima edición. En 1884
apareció en Barcelona, con prólogo de Manuel Milá y Fontanals, el Romancero selecto del Cid, que llegó a
reeditarse cerca de doce veces, y en donde el catedrático catalán destaca el
hecho de que “no siempre el Cid se mostró vasallo reverente” (VI).
[16] "Proyecto de investigación sobre Patrimonio inmaterial: las tradiciones cidianas". Camino del Cid. Un viaje por la Edad Media, www.caminodelcid.org/cid-historia-leyenda/tradiciones-cidianas/.
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