La autoría del Lazarillo contra la hegemonía de España. La rebeldía del caso en 1554 y 1959

Revista Académica LiLETRAd, 2019, Number 5 (Peer-Reviewed)https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7142319

El Lazarillo de Tormes es una obra subversiva. Lo es la novela del siglo XVI y lo es la adaptación cinematográfica de 1959 basada en el texto literario. A ambas creaciones les aúna la picaresca, mas diciendo esto hago referencia a las artimañas de las que se valieron los creadores del Lazarillo para en dos diferentes momentos históricos, durante la Inquisición y durante la censura franquista, dejar un mensaje heterodoxo que no se aviene con el discurso oficial del poder.

Frente a las directrices de España dictaminadas por el rey y el catolicismo, el absolutismo monárquico y la Inquisición, la obra anónima vendría a ser un ejemplo de la otra voz que el poder mandó suprimir: la de los perseguidos por el Tribunal del Santo Oficio por reformistas y conversos. Demostrar que la obra contiene una crítica al poder en la representación del rey, y que a su vez encierra ideas reformistas significa dejar evidencia de un pasado español en discrepancia con el catolicismo y la monarquía. De igual forma, mostrar como la adaptación cinematográfica del Lazarillo burla la intención del mensaje nacional-católico franquista supone dejar constancia de ciertas opiniones en desacuerdo con las impuestas por la dictadura a través de la censura.

Entender que el Lazarillo se opone al status quo vale para dar cuenta de la importancia de la obra como aquella que es contraria a la idea prevalente del nacionalismo español. Si bien la nación es un concepto moderno que cambia las tornas al poner al rey al servicio de su pueblo y no viceversa, la historia de España da fe del extendido dominio del soberano asistido por el catolicismo. Es decir, que aun cuando la nación española nacida con las Cortes de Cádiz (1810) promulgó un estado constitucional, una vez que Fernando VII fue liberado y hubo recuperado el poder, España regresó a su posición habitual ancestral. Álvarez Junco (2016) lo explica de esta manera en Dioses útiles: naciones y nacionalismos:

Posteriores actitudes populares, como la entusiasta recepción a Fernando VII incluso después de haber anulado toda la obra de las Cortes de Cádiz, obligan a reconocer que lo que defendían los movilizados contra José Bonaparte –al menos buena parte de ellos- era la religión y la monarquía tradicional y no las reformas liberales. (p. 157)

Tres siglos antes el panorama español era bastante similar: iglesia y monarquía aunadas.  En 1521 los comuneros eran derrotados en Villalar y el Papa excomulgaba a Lutero mientras Carlos V lo condenaba. Para cuando el Lazarillo vio la luz después de 1546[1], el absolutismo de la corona y el protonacionalismo del clero se habían afianzado de tal forma en su ligazón que, como anota Martínez Millán (1992), “toda idea escrita contra el Estado será tachada de herética y viceversa, todo libro publicado contra la Inquisición será considerado perjudicial para el Estado” (p. 207). Ante este panorama de represión, ¿cómo era posible protestar sin salir escaldado?

 Analizar el Lazarillo desde una perspectiva insurrecta implica explicar dos aspectos que han sido asociados con la obra literaria: su autoría conversa, y su carácter a tono con la Reforma.

La afirmación de una autoría conversa es resultado de una idea novelesca introducida en los estudios literarios por A. Castro en 1948, y reiterada durante décadas por sus discípulos, entre los que destacan Gilman y Márquez Villanueva. Castro, en su hiperbólica visión, adjudicó toda obra ascética y picaresca a la autoría de “conversos desesperados, sin cómodo asiento en este mundo” (Castro, 2004, p. 593). Las ideas de Castro y sus seguidores fueron refutadas en su tiempo por E. Asensio, y en 2013 nuevamente desacreditadas por el investigador A. Redondo, quien aborda todos los aspectos que han sido atribuidos a huellas de escritura conversa en el Lazarillo, los externos y los presentes en el texto, para concluir que no ha signo visible de tal escritura.

Redondo da cuenta del panorama histórico de los conversos en España para desterrar la idea extrema que situaba a los conversos como marginados sociales. Si bien es cierto que la Inquisición cargó y persiguió toda práctica cripto-judía, para 1530 los conversos ya estaban integrados en la sociedad, e incluso habían diversificado sus posiciones llegando a situarse en regimientos y cabildos (Redondo, 2013). En cuanto a los enfoques específicos del texto que podrían dar señales de cierta postura de resentimiento por parte de los conversos como consecuencia del destino aciago de sus ancestros judíos, Redondo (2013) analiza cada uno de los signos que han sido atribuidos a esta razón y rebate cada uno de ellos hasta concluir que:

Al llegar al final de este examen, he de decir que no he encontrado nada en el Lazarillo que corresponda a la autoría de un converso, según las teorías adelantadas por Américo Castro y sus discípulos, y tampoco he dado con presentas manifestaciones del universo cristiano nuevo, tal como ellos lo presentan (pp.258-59).

En el encuentro celebrado en 2010 sobre “La literatura de conversos después de 1492”, R. Fine (2013) llegó a la conclusión de que aún queda por dilucidar “si es posible, o aún necesario, categorizar la literatura de conversos” (p.500).  El hecho de que la autoría del Lazarillo pueda atribuirse a escritor de ascendencia judía[2] no dispara signo alguno que agrupe una identidad de raíz hebrea por cuanto “es difícil aceptar lo de la idiosincrasia conversa, dada la multiplicidad de situaciones, actividades y vidas de los cristianos nuevos” (Redondo, 2013, p. 259). La intención posible de respuesta conversa quizás pudiese ser encontrada siguiendo la huella de las ediciones.

En el siglo XIV en España el gremio de encuadernadores estaba integrado mayoritariamente por judíos. Tras 1492, con el edicto de expulsión de los Reyes Católicos, aparecen a partir del siglo XVI nombres cristianos entre los libreros, descendientes conversos de sus escarmentados antepasados judíos. Resulta sorprendente que el Lazarillo de Tormes fuese simultáneamente publicado en 1554, a partir de una misma matriz textual, en Alcalá de Henares, en Burgos, en Medina del Campo y en Amberes. Quizás esto sea indicador de un complot disidente, según explica Torres-Horwitt (2000) alegando que:

La perspectiva desde la cual no se ha mirado (que hasta ahora sepamos) el caso y por la cual tenemos preferencia, es la posibilidad de la relación internacionalista de un grupo de impresores, probablemente una minoría desafecta, que dejaba de lado la competencia comercial y utilizaba la red de contactos para promover literatura hostil a todos los valores y creencias del grupo dominante en la iglesia y en el gobierno (p.118).                   

La vinculación entre los conversos españoles y el Lazarillo puede incluso trazarse poniendo atención a los indicios que en el texto hacen referencia al movimiento de los alumbrados, por cuanto se conoce que dicho movimiento reformista español del siglo XVI era de origen converso. Ruffinato señala sus huellas en Lazarillo citando la significación que debe atribuirse a la presencia del verbo ‘alumbrar’ en el texto, aunque Redondo (2013), en el trabajo citado, indica que “en este caso también, esta orientación es particularmente endeble… entre los lectores [del Lazarillo]… ¿qué recuerdo podría haber de ese movimiento heterodoxo decapitado en 1524-1525?” (p. 249). Conviene especificar que si bien en 1525 fue promulgado el edicto de fe que inauguró las persecuciones contra los alumbrados, no es hasta 1529 cuando tuvo lugar en Toledo el primer auto de fe contra este movimiento, con lo cual, en veinte años más que menos, la persecución contra el que constituía el movimiento religioso del siglo XVI más condenado por la Inquisición (Bataillon, 1977, p.152) podría no haberse borrado de la mente de los lectores.

En segundo lugar, es preciso resaltar que toda posible alusión vinculada a este movimiento que “había alertado a la Inquisición de los peligros de una herejía popular nacional” (Nieto 1997, p. 379) debía tener el cariz de escritura sutil entre líneas y no a ojos manifiesta. Siendo así,  no debiese pasarse por alto la mención que Lázaro hace de Escalona cuando acompañando a su amo el ciego da cuenta que la villa pertenece al Duque de igual nombre, también marqués de Villena, quien fuera el protector de los alumbrados, como tampoco debe obviarse el uso del vocablo ‘alumbrar’ en momentos claves de la obra vinculados, en el tratado primero, al instante en que Lázaro vuelve a nacer, y en el segundo, a aquel donde el Espíritu Santo impide que Lázaro muera.

El primero tratado Lázaro recoge: “y fue ansí, que, después de Dios, éste me dio la vida y siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir.” (Anónimo, 2017, p. 24). La edición crítica del Lazarillo que hiciese F. Rico (2017) anota que en el primer caso “el juego de palabras: alumbrar es ‘parir’ e ‘iluminar’, al tiempo que confluye con ‘adestrar’ (pues alumbrar a uno es encaminarle en la verdad, porque sin ella va a ciegas, explica Covarrubias” (p.242); viéndolo así podría entenderse entonces que el movimiento de los alumbrados da sentido a la vida pues representa nacer a la verdad donde ante se era ciego.

El segundo momento que repite el vocablo ‘alumbrar’ se halla en el segundo tratado, cuando muerto de hambre por la mezquindad del clérigo aparece un calderero y, “alumbrado por el Spíritu Santo” (Anónimo, 2017, p.55), Lázaro halla la solución para mitigar el apetito. La segunda nota de Rico recuerda que, en el Lazarillo Castigado, la edición expurgada por la Inquisición en 1573, fue sustituido el Espíritu Santo por, “alumbrado por no sé quién” (Anónimo, 2017, p.55). Obra decir que el corte hecho por la Inquisición puede deberse a que es considerado una blasfemia usar el nombre del Espíritu Santo, expresión de la actuación fáctica de Dios, pero, por otra parte, es preciso también explicar que los alumbrados creían en el contacto directo con Dios a través del Espíritu Santo. De hecho, es ahí, en esa relación directa del hombre con Dios donde parece encontrarse el mensaje heterodoxo que encierra la obra en su totalidad. Al destapar la conducta inmoral y corrupta del estamento eclesial se indica la inutilidad de éste como mediador con Dios, señalando así el triunfo del criterio individual como lo entendían los alumbrados, los cuales distinguíanse por su crítica contra la iglesia y por una búsqueda menos ceremoniática de la religión (Nieto, 1997).

La relación del Lazarillo con los movimientos de Reforma se vio de alguna manera silenciado en los estudios literarios como resultado de la opinión que M. Bataillon (1979) ofreciera sobre la obra aduciendo que la misma “no fue concebida por una cabeza erasmista[3]” (p. 611), y que Lazarillo pertenecía a una corriente literaria anticlerical al uso en el siglo XVI, como también remarcó García de la Concha (1972) en su estudio, “La intención religiosa del Lazarillo”. Ahora bien, es el propio Bataillon (1977) quien al explicar la definición del erasmismo en Erasmo y el erasmismo considera la visión pastoral que sobre el clero tenía Erasmo: “El <<buen pastor>> o concionator evangelicus según Erasmo… se parece a un pastor protestante, al mismo tiempo que señala el camino… para sustituir por buenos pastores a los clérigos mercenarios e ignorantes” (p. 157). Cómo no coincidir en que se trata de una obra reformista cuando Lutero y Erasmo tenían en la conducta eclesiástica el blanco de sus ataques como también lo tiene el autor anónimo del Lazarillo.

El Lazarillo aparece tras el Concilio de Trento, cuando los bandos están definidos, Reforma y Contrarreforma, y se entiende que su acogida se relaciona con el momento histórico que la enmarca.  Fue impreso el libro en francés por primera vez, por ejemplo, en el núcleo luterano de Lyon en 1560; pero no obstante se le presentó como se lee en la portada: "livre fort plaisant et délectable". De este mismo modo fue la obra introducida a los lectores ingleses en cuatro ediciones en el siglo XVI, y también a los lectores alemanes: "as a type of comic entertainment, a sophisticated jest book" (Bjornson, 1977, p.126); con la salvedad de que, en la edición alemana de 1613, como en la edición expurgada española de 1573, fueron purgadas todas las alusiones y juegos de palabras anticlericales sobre los sacramentos.

En la edición alemana fueron omitidos el segundo y quinto tratados correspondientes al clérigo y al buldero, el prólogo y el destinatario, Vuesa Merced, y transformados los personajes del arcipreste en un viejo escudero, y del capellán del tratado sexto en un tendero, todo ello con la intención de revertir las señas que en Lazarillo claman por la necesidad de la Reforma en España: “By removing all traces of satire against the Church, the translator made it possible to interpret Lazarillo as an orthodox Counter-Reformation narrative." (Bjornson, 1977, p. 128). Si las instancias del poder debían hacer arreglos para transformar la obra y ponerla al servicio del discurso oficial era porque el Lazarillo encerraba un contenido que molestaba y que apuntaba a la causa de la Reforma.

Sin ir más lejos, la obra parece apoyar las tesis de Lutero en contra de las indulgencias, y quizás a esa evidencia se deba el hecho de que el tratado del buldero, que exhibe la comercialización fraudulenta de tales indulgencias, haya sido purgado de la edición practicada por la Inquisición, así como además lo fueron los tratados del Mercedario, posible pederasta, y en el del cura de Maqueda la frase donde Lázaro atribuye toda la lacería del mundo a la práctica del hábito de clerecía; una frase como esa hacía visible la denuncia de la miseria como consecuencia de la conducta ominosa del clero en la persona de varios de los amos, todos ellos distantes de la conducta del buen pastor que Erasmo regalaba a cristiandad como modelo a seguir.

Pero si la miseria espiritual atribuida al mundo habitado por Lázaro guarda relación con el comportamiento reprochable del clero, la pobreza material de ese mundo es responsabilidad del rey Carlos V como la obra deja patente, aunque no a simple vista, ni siquiera para la crítica que no se ha centrado mucho en este aspecto.

En 1972, F. Lázaro Carreter se preguntaba si un librito, “tan cargado de intenciones, ¿carecería de sentido este hecho?” (p. 170), que relaciona la deshonra de Lázaro con la llegada de Carlos V. Carreter recuerda que desde 1500 en España, los pliegos impresos y las coplillas populares denunciaban los desastres a los que conducía a la población ibérica el emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico donde no se ponía el sol. “Si tal intención maliciosa existiera, el libro se cerraría con un último y escarnecedor paralelismo” (Carreter, 1972, p. 170), es decir, se situaría al emperador como máximo responsable, como culpable de la situación social. En 1979, J. A. Parr coincide con Carreter diciendo que más allá de la sátira al clero, el verdadero blanco del ataque es otro: “En el Lazarillo, no pueden ser sino la política imperialista del emperador, la que ha contribuido a la creación de una sociedad de valores invertidos” (p. 380).

En 2010 R. Coll-Tellechea demostró que el Lazarillo era una obra encarnizada contra la corte. La segunda parte de 1555, que fue vetada y de la cual nunca se levantó su prohibición de ser publicada, “had taken a turn towards political criticism of the court, which the Spanish authorities could not tolerate” (Coll-Tellechea, 2010, p. 78). En la segunda parte Lázaro, transformado en pez, vive en la corte en relación de ménage à trois con el rey, a quien ridiculiza como también lo hace con sus súbditos, los nobles y los soldados, de quienes da cuenta de sus abusos políticos, económicos y militares, mientras conjuntamente describe la mediocridad, la envidia, la hipocresía, la codicia y la corrupción que reinan en la corte.

La subversión contra el aparato eclesial y contra el aparato monárquico llevó a la Inquisición a la transformación de la obra en un ejercicio de corte y supresión que borrase toda traza de desobediencia contra el orden imperante. “In other words, the censor’s actions served to redirect the story of 1554 and to infuse it with an alternate ideology in order to make the story work in favour of the status quo as controlled by the royal court and the Church” (Coll-Tellechea, 2010, p. 90).

La misma necesidad de reencauzar la obra hacia la doctrina del momento llevó a los censores de la película, El Lazarillo de Tormes, de 1959, a rechazarla en repetidas ocasiones porque no se avenía con los valores del nacional-catolicismo que debían promulgarse. Para obtener el aprobado tras la consulta previa, en el informe de la Junta de Censura, la película debía responder negativamente a estas preguntas: ¿ataca al dogma?; ¿a la Iglesia?; ¿a la moral?; ¿a sus ministros? La respuesta es afirmativa en todos los casos. El Lazarillo ataca todo eso.

Como consecuencia de los cambios efectuados por el guionista y director César Fernández Ardavín para poder rodar el filme, los críticos cinematográficos, por unanimidad, asienten que la película es expresión de la ideología franquista en pos de la defensa de los valores religiosos católicos. N. Mínguez (2002) considera que “Fernández-Ardavín, en conclusión, realiza una interpretación cinematográfica del Lazarillo que, además de despojar a la novela de la crítica social y clerical presente en ella, le sirve como instrumento de apoyo ideológico al régimen franquista” (p. 42). Sí, pero no.

El arte de la poligrafía desplegado por Fernández Ardavín se centra en los recursos expresivos como modo de ofrecer otra lectura alejada de la obligatoria.  Un recordatorio de lo difícil que debió ser evadir de alguna forma la censura impuesta a esta película supone conocer que entre otras cosas la misma obtuvo la calificación de “Interés Nacional”, que según el Boletín Oficial del Estado (BOE) es aquella que consta con el 50% de financiación estatal, por el hecho de tratarse de una película que “da muestras inequívocas de exaltación de valores raciales o enseñanzas de nuestros principios morales y políticos”. Se entiende entonces más aún que en los créditos de inicio de la película se anticipe la ideología impresa a la realización cuando se lee: “Hesperia Films agradece a Emmo. Sr. Cardenal Primado de España la colaboración prestada al rodaje de esta película. Así como a los Ministerios de Educación Nacional y del Ejército...”

Prueba de que Fernández Ardavín deseaba ofrecer una adaptación diferente de la obra literaria se evidencia ante el hecho de que otra versión de la película fue la que se exhibió en la décima edición del Festival de cine de Berlín, donde la cinta obtuvo el primer Oso de Oro para la industria española en la categoría de mejor película en 1960.

La decisión del jurado del festival debió tener en cuenta la calidad fotográfica de la película, resultado del binomio de Fernández Ardavín, quien había estudiado pintura y se desempeñaba además como cartelista y paisajista, y del laureado fotógrafo Manuel Berenguer, quien trabajase en destacadas súper producciones hollywoodenses, y gozara del reconocimiento de la American Society of Cinematographers (ASC) por haber desarrollado  una lente capaz de enfocar desde dos centímetros hasta el infinito.

Los elementos que en la película de Ardavín constituyen por sí solos un lenguaje vienen dados por el uso de planos plásticos perceptivos, empleo de añadidos a la trama, en conjunción con la caracterización fotográfica expresionista de los personajes. El cine, medio plurivocal que puede relacionarse con el relato de manera empática o anempática, no solamente en términos de música sino también de fotografía, hace que el espectador, ante una marca visual que no actúa en correspondencia con la trama, cobre una distancia de lo que la diégesis ofrece, conocedor el espectador de un mensaje ambivalente que apunta hacia otro significado valiéndose del significante estético. Es decir que, visto como un signo semiótico, el contenido verbal o narrativo de una escena, su significado, puede alterarse por la expresión que acompaña la escena. Logra César Fernández Ardavín una otra escritura del significado a través de la exposición de ciertos significantes.

La narración sobre las fortunas y adversidades de Lázaro culminan en la película en el tratado V (su experiencia con el buldero). Fueron suprimidos los tratados IV (del díscolo seglar fraile de la Merced), VI (del capellán al que le hace Lázaro de aguador), y VII (del alguacil y el arcipreste). Los tratados que fueron adaptados al cine: el del ciego, el clérigo, el escudero, y el buldero poseen similitud temporal de metraje, lo que imprime una uniformidad rítmica a la película, y las cuatro aventuras de Lázaro fueron transcritas del libro guardando fidelidad absoluta con los diálogos del texto original, y con la bitácora de vida que encierran los refranes presentes en la obra literaria.

Empecemos por el primer maestro en la vida de Lázaro: el ciego. Del primer tratado que retrata la película habré de detenerme para comentar dos momentos. El primero es una añadidura que fue hecha en la edición de Alcalá de 1554 por parte del editor, y que hace que dicho fragmento añadido no figure en todas las ediciones posteriores del Lazarillo. Ese segmento aparece en la película, y es aquel donde el ciego va palpando la pared y el tacto le devuelve unos afilados cuernos a lo que el ciego dice: - “Muchos quieren ponerlos sobre cabeza ajena, y nadie quiere tenerlos sobre la suya.” Lázaro le responde que no entiende el sentido de la frase. “Ya lo entenderás –responde el ciego. El día llegará en que te darán éstos alguna mala comida” (Fernández, 1959). La inclusión de este pasaje actúa como un guiño a los espectadores del Lazarillo remitiéndoles al final de la obra literaria donde Lázaro termina viviendo en ménage à trois, y por ende recordándoles que la obra fílmica que están presenciando es incompleta e inexacta.

En la escena anterior a ésta encontramos al ciego comiendo las uvas de a dos, y a Lázaro de a tres. La escena se rodó a los pies de una escalera. En lo alto se hallan dos monjas. Cuando la cámara, que siempre suele estar situada a la altura de los ojos de los personajes se emplaza desde un ángulo específico para plasmar la composición, lo hace para subrayar un significado oculto que está presente en el objeto al que el apunta la toma. El ‘contrapicado’ en el cine puntea hacia arriba, al cielo para encumbrar a un personaje dotándolo de una impresión de superioridad, de exaltación y de triunfo. Mientras la escena entre Lázaro y el ciego transcurre, paralelamente vemos sucederse una disputa entre las monjas en lo alto de la escalera. El hecho de que los pobres estén debajo, la iglesia arriba, pero enfrentada, borrosa, y distante, nos parece un mensaje a considerar, más cuando dicha escena se resuelve viendo a las monjas bajar a trompicones.

En el minuto veintiuno de la película Lázaro se libra del ciego y un espacio de metraje media para que el muchacho tope con su segundo amo. Ese espacio de metraje es configurado en el montaje con dos símbolos sucesivos que dialogan entre sí producto de su proximidad: ellos son, unas cruces que adornan las elevadas montañas de un gran plano general que engloba el cielo y donde se ve a Lázaro correr libremente, y los barrotes de una ventana resaltados por la manera en que han sido iluminados y que recuerdan por su valor simbólico que ha llegado a tierra, a la prisión que ésta significa producto de quienes detentan el poder en nombre de esas cruces.

Resulta beneficioso comentar que en el cine solamente el empleo del gran plano general y del primer plano tienen un sentido psicológico preciso y no una función meramente descriptiva. La película de Ardavín echa mano de un ‘montaje expresivo’, entendido este a la manera de M. Martin (1971) como un recurso donde el montaje se propone expresar por sí mismo, y no a través de la diégesis, un sentimiento o una idea. El moralismo con que la censura franquista cifró el contenido verbal de esta película se contrarresta con el lenguaje visual. Por ejemplo, aunque el segundo amo de Lázaro, el clérigo, haya sido tornado sacristán por la censura para desvincular sus fechorías de las de la iglesia, puesto que un sacristán es un simple ayudante que no ha no ha profesado sus votos para con la institución, el reemplazo señala la falta, y de cualquier manera el orden se reestablece debido a la composición de las escenas.

El clérigo-sacristán es un hipócrita convidado al festín de la falsedad y de la doble moral que la obra apócrifa explicita y la película también. Todo cuanto sale por boca de aquél contradice lo que entra por ella. Predica la templanza y la austeridad pero peca de gula. En la obra literaria se lee: “-Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber…” (Anónimo, 2017, p. 52), y en la película escuchamos: "-Nosotros los sacristanes hemos de ser parcos en el vivir y sobre todo en el comer y en el beber." (Fernández, 1959). Si no bastaba saber por boca de Lázaro en la novela que el clérigo “comía como lobo (Anónimo, 2017, p. 52), plásticamente se ilustra tal cosa resaltando la gula con rasgos estéticos expresionistas.

La secuencia que ejemplifica la hipocresía da comienzo en un velatorio donde las plañideras no cesan de gemir, y cuando lo hacen es para franquear la puerta que conduce de la sala donde yace el difunto, a otra donde Lázaro descubre una escena pantagruélica de fiesta donde no falta alguna risa y donde reina la abundante comida. El subrayado se logra con el uso del plano lateral, que en la composición encuadra y encabeza en primera posición como eje del exceso al sacristán, el cual con su boca desdentada y con los carrillos abultados mastica sin apartar su mirada de Lázaro.

Los añadidos del director a la versión del Lazarillo deben ser considerados como sus aportaciones a modo de re-interpretar el texto. Cobra nuevamente significado el fragmento que media entre un amo y otro para expresar otro punto de vista. En ese intervalo, Lázaro ve pasar a un niño rico sobre un palanquín. Uno de los guardianes interpela a Lázaro sobre su mendicidad y le aconseja con este añadido diciéndole: “arrímate donde sale humo. Donde hay humo, cuece puchero” (Fernández, 1959). Lázaro sigue entonces el rastro de una chimenea de la que el humo emana de lo lindo. Se asoma a la ventana abarrotada y descubre del otro lado de los barrotes a quien a todas luces parece ser un judío, puesto que ha sido dotado de las características estereotípicas que el tiempo les ha adjudicado: larga barba, kipá, y nariz prominente.

En la escena, el judío muestra sus objetos artísticos a dos señores bien trajeados. Una de las pinturas que destaca en la toma es La anunciación, de Piero della Francesca. Barthes (2009) señalaba el poder proyectivo de la imagen cuando ésta no está fijada por las palabras. El hecho de que esta escena esté despojada de diálogo hace que el valor de las imágenes sea polisémico. Tras los barrotes, encarcelado por desestimar la Anunciación, queda un judío acompañado del esplendor artístico del Renacimiento.

La inclusión anacrónica de un judío en el siglo XVI, escenario del Lazarillo, tenderá a asociar su aparición con la polémica de la ciencia española (1876-1877) que significó un momento de debate ideológico entre las dos Españas, donde una, contraria a la otra, asociaba el atraso del país con el fanatismo religioso. Según esta concepción que gozaba de acogida en Europa: “El Santo Oficio, limpiando la nación de judaizantes, moriscos y literatos, y reduciendo al silencio o a la exportación a todos los pensadores heterodoxos, privó a España del curso de las mentalidades más originales y renovadoras” (García, 1970, p. 385).

Detrás de los barrotes contempla Lázaro el único momento de la película donde se exhibe un mundo de riqueza y belleza en contraste con el escenario continúo de pobreza y vicio que recorre la cinta. El judío se acerca a la ventana para accionar un delicado juguete que pone a la vista a un equilibrista en la cuerda floja. Lázaro y él se miran, cada uno tras los barrotes de la reja y entre ellos un malabarista intentando no caer. Es entonces que el encantamiento de la escena, al que además le acompaña la armonía musical del juguete, se rompe ante una voz que grita: “¡agua va!” (Fernández, 1959).

Lazarillo sigue al escudero, pero antes de ingresar en la casa de éste, y teniendo como segundo plano la figura del niño una cruz, Lázaro fija la vista en el frontón de la casa donde un escudo nobiliario se exhibe, y sigue la mirada hacia más arriba, donde el cañón de una chimenea reposa sin actividad desde hace siglos.  

La España eterna de Franco, en la que la honra y el honor ocupaban un lugar sagrado, cuando ya para entonces a España le era insostenible enaltecer gloria alguna tras el Desastre del 98, tiene en la figura del escudero el símbolo de su fracaso. La crítica en la voz de Mínguez señala que, “El escudero representa el último vestigio de una España imperial que fue blanco predilecto de glorificación por el discurso franquista. Ardavín…revaloriza la figura del hidalgo español y lo convierte en un modelo a seguir como depositario de elevados valores nacionales.” (p. 34). Pero, por más que parezca que se “revaloriza la figura del hidalgo”, este mensaje es insostenible cuando el libro, y más aún la película, nos entrega a un malandrín que estafa a sus caseros, que se niega a trabajar bajo condición de su honra, que prefiere vivir de las limosnas de un niño al que termina abandonándole y defraudándole al hacerlo.

César Fernández Ardavín lo que hace una y otra vez al presentar al escudero es mofarse de él convirtiéndole en un fantoche. Una escena lo retrata contra la pared, donde se proyecta alargada su inexistente figura a modo de sombra negra en guardia con el espadín en la mano contra sí mismo. En otra se ve al hidalgo hacerse la colada. Otra lo trae peinándose con un trozo de espejo roto que devuelve una imagen destrozada de sí mismo.

La intención moralista del régimen franquista se hace evidente cuando convierte el personaje del buldero en un cómico para así restar culpas a la institución eclesiástica, y cuando manipula el final para dejar éste en conexión con la misma idea que planteaba su predecesora Marcelino, pan y vino (1954): la de un niño que regresa a la fe, a los brazos de la iglesia, a la absolución de los pecados que ella ofrece. En la versión de la película exhibida fuera de España el final era otro. Lázaro subía con los cómicos a la carreta y éstos seguían libremente su camino sin caer en manos de la justicia.

Para los espectadores, conocedores del clásico, quedaba claro que con el viraje se deseaba ocultar la intención primera del libro, aquella que Fernández Ardavín empalmó en la misma película ofreciendo escenas que ponen en entredicho el valor de la iglesia al encadenar planos de cruces y barrotes, ofreciendo la imagen de monjas desdibujadas y enfrentadas, de monjas plañideras que actúan como hipócritas, de una chimenea de riqueza de la mano de un judío frente a otra extinguida donde el honor de un hidalgo se proyecta como una sombra y en una luna de espejo hecha añicos. Fernández Ardavín, de una manera metafórica, burla la censura con añadidos que recuentan la historia de otro modo, y con recursos expresivos que someten a la Iglesia a escrutinio.

A pesar del viraje feroz de la censura para reencauzar como lo hiciese la Inquisición la historia hacia un espacio favorable a la Iglesia, el ataque a la institución presente en una obra como El Lazarillo es imposible de acallar. El hecho irrefutable de que el Lazarillo arremete contra el catolicismo tiene en la censura franquista su expresión más encendida, por cuanto a la censura no le bastó lo expurgado por la Inquisición y hubo de transformarla aún más, como lo habían hechos los inquisidores alemanes en el siglo XVI queriendo hacer de ella una obra diferente a favor de la Contrarreforma.

Si los males sociales en la obra tienen como responsable a la figura del rey Carlos V y por eso fue necesario eliminar todo vestigio antimonárquico visible, de la misma manera la intención anticlerical del Lazarillo es de tal magnitud, que ni cuanto fue suprimido por la Inquisición fue bastante para hacer que la obra pasase la consulta previa franquista. La Inquisición no alcanzó a borrar toda la lacería del mundo que viene en la obra de la mano del clero y que indicaba la necesidad de reformar la Iglesia. El Lazarillo de Tormes, la obra literaria de 1554 y la película de 1959, es representación de la España liberal que muestra su desacuerdo con el poder hegemónico a través del uso de la picaresca autoral como modo de protesta.



[2] Desde el año 2002 R. Navarro, de la Universidad de Barcelona, lleva defendiendo su tesis de que La vida de Lazarillo de Tormes fue obra del humanista Alfonso de Valdés, de ascendencia judía. De igual forma, la obra también ha sido recientemente atribuida a Francisco de Enzinas, humanista reformado y converso (Labarre 2006 y 2009).

[3] Se precisa aclarar que Bataillon (1979) no negó tampoco la influencia de Erasmo. En su obra, Erasmo y España hubo escrito: “¿Quiere decir esto que el erasmismo no contribuyó en nada a crear la atmósfera en que surge el Lazarillo, a preparar su enorme éxito?” (p. 611).

 

Bibliografía

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Álvarez Junco, J. (2016) Dioses útiles. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

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                          La fabricación de la leyenda madrileña del Cid Campeador

 El Cid. The National Journal of the Tau Iota Chapter of Sigma Delta Pi, The Citadel, 2020, pp. 122-32 (forthcoming) (PeerReviewed)                  https://www.citadel.edu/root/images/modern_languages/el_cid_2020_edition_xxx.pdf

En Madrid circula una leyenda que tiene al Cid Campeador como protagonista. “La leyenda del cubo”, como se la conoce, toma su nombre del trozo de muralla que se desprendió frente al paso del Cid, y del cual surgió la talla de la Virgen de la Almudena, tapiada en el muro durante los siglos de dominación musulmana. “La leyenda del cubo” va cobrando más alcance mientras se difunde en internet, en Wikipedia, y en medios de comunicación como la prensa y la televisión. Lo que a ojos vista parece ser tan sólo una leyenda popular, en realidad encierra la interpretación de una historia mayor: la de la construcción secular de la identidad nacional española.

Por lo general, la idea de folklore se asocia con las clases menos privilegiadas,[1]pero como reconoce el antropólogo Luigi Lombardi Satriani, el folklore también se puede encontrar entre los que gobiernan. Lombardi registra esta realidad, pero, apunta el investigador José E. Limón al respecto, Lombardi no resuelve claramente este problema, ni trata adecuadamente una pregunta paralela: ¿cómo explicar el folklore entre las clases subordinadas que reproducen la dominación ideológica del orden hegemónico? (46), cómo entender que: “the values of the official culture are not only not rejected, contraposing to them other values, but are totally accepted and emphasized…” (Lombardi 106). En el caso que nos ocupa, entender la fabricación de “la leyenda del cubo” supone acercarnos a explicar la interrogante de ese fenómeno, es decir, entender cómo una leyenda que circula hoy entre el pueblo, y que el pueblo replica en las redes sociales, guarda correspondencia con la inalterable y dominante ideología nacionalista española.

La construcción de una leyenda

La leyenda del Cid en Madrid, usada para refundar la villa despojándola de su pasado islámico, emplea al héroe burgalés para conferir a la fundación de la capital del reino de España el carácter nacional, como éste ha sido entendido por los estamentos conservadores durante siglos: anclado a la monarquía y al catolicismo. Por todos es conocido que el Cid representa la imagen del reino, pues él es núcleo de todos los linajes reales.[2] El investigador Juan Carlos Elorza refiere al respecto, “… que se consideraba que, aunque no había sido rey, por él los reyes reinaban. Prueba de esta elevada consideración la tenemos en las distintas versiones que en los siglos XV y XVI se realizaron de la Anacephaleosis (Genealogía de los Reyes de Castilla)” (4-5).

Al ser representante de la monarquía, por ende, se le relaciona con lo divino bajo la justificación teórica del derecho divino de los reyes. La construcción de la imagen del Cid que aparece en el Poema de Mio Cid (PMC) refuerza esta afirmación al incluir al héroe entre los elegidos de Dios, aquellos que gozan de la aparición del arcángel Gabriel, depositario de los mensajes importantes, tales como: el nacimiento de Juan el Bautista a Zacarías; de Jesús a la Virgen María; del Corán al profeta Mahoma; de la victoria de Alejandro Magno al profeta Daniel; de la victoria de Carlomagno ante las huestes musulmanas del emir Baligán de Babilonia. Al inicio del destierro, en el momento en que abandona la línea divisoria de Castilla, el Cid acampa. El arcángel Gabriel llega a él en un sueño “dulce” para aventurarle su destino triunfante: “mientra que visquiéredes bien se fará lo to” (v. 408).

Si nos remitimos a una organización cronológica de la vida del Cid recogida en los cantares de gesta, encontramos en Mocedades de Rodrigo (siglo. XIV) otra aparición divina que ocurre antes que el Cid proceda a librar las batallas que había jurado antes de esposarse con Jimena. Entonces San Lázaro viene a él oculto en la figura de un leproso pidiendo piedad, el Cid le acoge y le brinda albergue. Esa noche, en sueños, el gafo aparece ante el Cid como San Lázaro y le vaticina un futuro victorioso. El Cid despierta y el leproso ha desaparecido. Este episodio que tiene a San Lázaro y al Cid como protagonistas reaparece en La Crónica de Castilla [3]con un giro que cobra importancia para “la leyenda del cubo”, puesto que las crónicas que recogen este evento incorporan la figura de la Virgen, a quien el Cid agradece tras el vaticinio de San Lázaro.

Si en las versiones de las crónicas y de las Mocedades encontramos al Cid ante San Lázaro, en otra leyenda[4] que circula por internet , y que como veremos sirve de preámbulo a “la leyenda del cubo”, hallamos al héroe en la ciudad de Toledo, donde éste, tras ayudar a un leproso a salir de su zanja, ve como transmuta en la Virgen de la Almudena, quien le indica que debe de tomar Madrid, y que ganará batallas aún después de muerto.[5]

Esta idea de la transmutación de San Lázaro en la Virgen María puede tener origen en el suceso que documenta el historiador Jules Stewart en su libro, Madrid: The History, y que da cuenta de la aparición de la Virgen María implorando al rey Alfonso VI[6] que le permita liderar sus tropas frente a la batalla contra los moros por la reconquista de Madrid (4). O también pudiera haber servido de origen el libro La leyenda de Madrid (1881), de Manuel Fernández y González, que tiene a Rodrigo, en lugar de al rey Alfonso VI, como protagonista de la leyenda desarrollada esta vez en Aranjuez, y donde el Cid ayuda al mendigo, quien encubre, no ya a Lázaro, si no a la Virgen María vaticinando la conquista de Madrid al héroe. “La leyenda del cubo” vendría a dar continuidad a esta otra leyenda que le sirve a aquella de antecedente cronológico, pues en la primera se efectúa la petición de conquista por la Virgen, y en la segunda la consecución de la misma, y el posterior hallazgo de la talla de la patrona de Madrid en el muro.

“La leyenda del cubo”

La leyenda sobre la aparición de la Virgen de la Almudena posee varias versiones[7] y éstas podían leerse en el siglo XVII de la mano de Jerónimo Quintana en Historia de la antigüedad, nobleza y grandeza de la Villa de Madrid (1629), y Juan de Vera Tassis en Historia del origen, invención y milagros de la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de la Almudena (1692). El texto de Quintana refiere que “el rey Don Alfonso VI ganó a Madrid de poder de los moros por el año de mil y ochenta y tres” (143), y entonces el pueblo de Madrid se empeñó en encontrar la talla de la Virgen escondida por sus antepasados antes de la conquista de la ciudad por los musulmanes, para tal fin salieron en procesión, “se cayó instantáneamente un pedazo de muro”, y en uno de los cubos, que había servido de escondite durante más de trescientos años, estaba la imagen de la Virgen. Vera Tassis, hace mención de la misma leyenda, pero sitúa la misma, no en tiempos de Alfonso VI, sino durante otro asedio llevado a cabo los almohades en 1197.

Lo cierto es que la recreación de este suceso da un giro de cambio, que la acerca a la versión actual que encontramos en internet, en un texto que lleva por título, Leyenda y tradiciones populares de todos los países sobre la Santísima Virgen María, publicado “con licencia y previa censura de la autoridad eclesiástica” en 1869, y en donde aparece la leyenda contada ahora de otra manera: el rey Alfonso VI se empeña en encontrar el paradero de la imagen y sale en procesión a buscarla con una comitiva ilustre. En el libro, a pie de página, se lee: “según cuentan las crónicas, en esta procesión iban además de D. Alfonso VI de Castilla, el rey D. Sancho de Aragón y de Navarra, con los infantes D. Fernando, Cardenal, y D. Martín, varios prelados, y numerosos caballeros castellanos, aragoneses, navarros y extranjeros. Entre los nobles y ricos-homes iba tambien el famoso Cid Campeador D. Rodrigo de Vivar” (141). En un libro titulado, La devoción a la Virgen en España: historias y leyendas (2003), de Jesús Simón Pardo, se repite la leyenda de igual modo, es decir, haciendo mención especial al Cid como parte de la comitiva que acompaña al rey en la búsqueda de la Virgen: “no se anduvo con chiquitas al preparar la fiesta a la que invitó a los reyes de Aragón y Navarra, a distintos prelados e incluso al Cid Campeador” (287).

Hoy en día, la leyenda más difundida en el diario ABC,[8]en el canal de televisión autonómico Telemadrid,[9]en páginas web de turismo,[10]en la radio,[11]en blogs,[12]etc. otorga protagonismo al Cid encontrando la talla de la Virgen tapiada en el muro. Esta nueva variante de la leyenda va ganando legitimidad y expansión mientras se disemina en internet, y sobre todo, en la entrada sobre la Virgen de la Almudena que recoge Wikipedia en español. No se precisa mencionar que esta enciclopedia, de fácil acceso, es la preferida de los usuarios. Head y Eisenberg (2010) destacan que Wikipedia es usada en un ochenta y cinco porciento de los trabajos de clase de los estudiantes universitarios para obtener resúmenes sobre un tema. Si alguna información sobre el folklore relacionado con la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid, se necesitase a mano, Wikipedia provee tal información de esta forma: “Otra tradición cuenta que al héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, se le habría aparecido la Virgen, pidiéndole que tomase la fortaleza de Mayrīt. Al acercarse El Cid y sus acompañantes a la villa, se habría desprendido el fragmento de muralla donde se hallaba la figura, y así habrían podido entrar y tomar la ciudad” (https://es.wikipedia.org/wiki/Virgen_de_la_Almudena).

El hecho de relacionar al Cid con Madrid no tiene base histórica alguna, puesto que la única forma en que Rodrigo Díaz pisó Madrid fue a través de los versos de Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), que llevan por título, “Fiesta de toros en Madrid”:

La Zaida desde una almena,

le habló una noche cortés,

por donde se abrió después

el cubo de la Almudena. (Almela 134)

 En la versión “final” de la leyenda se han fundido tres tradiciones diferentes y originalmente desconectadas. Una es la relativa a la aparición de San Lázaro al Cid, que no guarda la menor relación con Madrid ni con su patrona; otra, la tradición que cuenta que la Virgen de la Almudena se halló en el reinado de Alfonso VI; y finalmente una tercera venida de los versos de Moratín sobre la participación del Cid en unas fiestas en Madrid en tiempo de los moros.

Más allá de cuán interesante sea conocer las posibles fuentes de las que se apropia la leyenda según Roman Jakobson —, resulta aún más importante para los estudios sobre folklore entender la finalidad de este proceso, es decir, “… the function of borrowing and the selection and transformation of the borrowed materials(13). La “última” versión de la leyenda sobre la fundación de la villa de Madrid sitúa al Cid como padre fundador, y a la Virgen de la Almudena como madre original de ella. Los arquetipos se enlazan con el objetivo de instaurar la capital de la nación sobre el basamento de dos pilares que han regido la construcción de la nación española: la monarquía, con el Cid, rey de reyes, como representante primero, y la religión, con la figura de la Virgen María, quien, acorde con la interpretación de Carl Jung, representa la expresión más amable del arquetipo femenino: “all that is benign, all that cherishes and sustains, that fosters growth and fertility” (16).

Lo significativo de esta hermandad reside en el hecho de que la relación entre la Virgen y el Cid es resultado de una interpretación, digamos oficialista, que por siglos se ha adoptado para cifrar una historia de España que no se aviene con la imagen del héroe que es del gusto popular.

La interpretación oficial del Cid

Las hazañas del Cid, transmitidas de forma oral, fueron fijadas en la escritura para difundir la fama de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, entre la élite culta compuesta por clérigos y cortesanos. El primer testimonio poético del Cid histórico, el Carmen Campidoctoris, compuesto hacia 1190, no se difundió entre los juglares por estar escrito en latín, lengua que el pueblo no entendía desde fines del siglo XI. El poema adolece en ocasiones de referencias históricas ciertas, y silencia lo que no se aviene a ser difundido. Por ejemplo, se presenta al héroe como siervo del rey Alfonso VI (1040-1109), rey de León (1069-1109) y de Castilla (1072-1109), cuando en realidad el Cid operó al servicio del rey Al-Mutamán, de la taifa de Zaragoza, entre los años 1081 al 1086.

Los errores históricos del Carmen Campidoctoris aparecen esclarecidos en la Historia Roderici (siglo XII), extensa biografía latina, total desconocida hasta fines del siglo XVIII, donde se presenta al héroe derrotando a cristianos y a musulmanes. El Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici parecen haber servido de fuente para la escritura del Poema de Mio Cid (1207), cuya primera copia amanuense fue descubierta en el siglo XVI, pero publicada en el siglo XVIII. Ian Michael comenta que nada sabemos sobre la circulación ni la difusión del Poema de Mio Cid en su edad temprana, puesto que: “El Poema del Cid dejó pocos ecos directos en la poesía medieval contemporánea posterior” (14).

Las hazañas del Cid Campeador permanecieron vivas en las crónicas alfonsíes y sanchinas, herencia de Alfonso X el Sabio (1221-1284), las cuales incorporaron tardíamente la versión primitiva de las Mocedades de Rodrigo (siglo XIV), poema heroico que cuenta las hazañas juveniles del Cid. Antonio López Fonseca aporta una observación importante sobre el tema, al dar cuenta de que Mocedades de Rodrigo constituye la fuente en las que se originaron las numerosas versiones posteriores sobre la figura del Cid (24). En Mocedades de Rodrigo se presenta al héroe castellano como devoto de la Virgen María:

Essas horas dixo Rodrigo: -Señor pláceme de grado;

a tal plazo nos desdes que pueda ser tornado,

que quiero ir en romería al padrón de Santiago

et a Santa María de Rocamador,[13]

si Dios quisiese guissarlo. (v. 555)

De igual manera, en la cronología del Cid más histórico, el de Historia Roderici (siglo XII), publicada en 1792, se hace patente la devoción a la Virgen María, a través de la intención del Cid de expandir su culto alzando iglesias para ella en pueblos arrebatados a los moros, como es el caso de Almenara, donde Rodrigo “Ordenó edificar una iglesia en honor de la Santísima Virgen María” (v. 371); o Valencia, donde mandó a construir la Iglesia de Santa María Virgen en el sitio donde estaba la mezquita (v. 374). En la misma línea se presenta el Poema de Mío Cid (siglo XIII). La primera vez que se escucha la voz del Cid en el poema es para oírle dar gracias a Dios, y la segunda para escucharle formular una petición a la Virgen María:

válanme tus vertudes Gloriosa Santa María! (...)

Vuestra vertud me vala,

Gloriosa, en mi exida

e me ayude e me acorra de noch e de día! (vv. 221-225)

La plasmación del culto a la Virgen en los textos citados tenía la intención de servir a la difusión de la tradición mariana de influencia francesa en la península en el contexto de las Cruzadas (1095-1270). Fernando Riva analiza este tema y comenta que:

... el papel de la Virgen María en el PMC tiene una función de protección y fomento de las acciones de la cruzada española y de la figura de Rodrigo, en particular, en el marco de su itinerario. María se desarrolla como parte primordial del discurso de la ideología de cruzada que fue difundido en España desde el siglo XI hasta el XIII a partir de la influencia francesa en la Península y, en particular, a partir del papel cumplido por la Orden del Císter y su relación con la promoción de Santa María. (136)

El texto de Mocedades de Rodrigo (siglo XIV) fue el que dejó su impronta en los romances cidianos que empezaron a cantarse por los años 1380. Tales romances sobre el Cid, difundidos por los juglares de pueblo en pueblo, son producto de los acontecimientos históricos del siglo XIV y de las primeras décadas del siglo XV: un tiempo de enfrentamiento entre la monarquía y la aristocracia en España producto del freno que impuso la primera a la expansión territorial de la segunda sobre tierras andalusíes, lo que trajo como resultado la rebeldía de la aristocracia. La imagen del Cid, representante de la nobleza castellana, abandona en el romancero la fidelidad al rey, deja de ser el buen vasallo del cantar, para comenzar a distinguirse por su postura insubordinada ante el poder monárquico y religioso.

Lo interesante de esta imagen rebelde es que guarda correspondencia con la del Cid histórico. María Eugenia Lacarra en El Poema de Mio Cid. Realidad histórica e ideología contrapone los sucesos históricos sobre la vida del Cid Campeador, con los que cuenta el Poema de Mio Cid, para concluir que el mismo: “no refleja la realidad histórica del siglo XI, sino la ideología del autor, quien al tomar partido en los conflictos de su época hace una obra de propaganda” (159). El Cid histórico, ejemplifica la autora, no acudió a prestar ayuda al rey Alfonso, más bien se autoproclamó príncipe de Valencia, lo que indica que el Cid Campeador no consideraba a Alfonso su rey (108-9). A pesar de estas realidades, el Poema retrata a Rodrigo Díaz de Vivar como un vasallo fiel, quien por voluntad propia envía en tres diferentes ocasiones presentes al monarca con el deseo de obtener su merced.

En conclusión, dos imágenes del héroe son fabricadas de manera contrapuesta: la de Poema de Mio Cid, que ofrece una visión del héroe castellano como la del buen siervo, y la de los romances populares, que se corresponde con el Cid de las Mocedades de Rodrigo. Diego Catalán lo resume de mejor manera expresando: “en el Cantar de Mio Cid: todo lo que aquí destacaba como mesura, familiaridad, humildad, prudencia y respeto a la corona, en aquél último testimonio de la épica medieval castellana se vuelve desmesura, rusticidad, soberbia, desparpajo e insolencia, hasta conformar la imagen esencialista del “Soberbio Castellano” (264). El Cid del romancero, “soberbio castellano”, es el que desafía al rey, al Papa, y que tiene incluso amores extramaritales con Doña Urraca. En la tradición popular del romancero el Cid no destaca, ni por su religiosidad, ni por su devoción mariana, ni por su lealtad al rey.

Los romances del Cid, que eran del gusto del pueblo desde el siglo XIV, alcanzaron difusión al ser impresos en pliegos sueltos que se vendían a ínfimo precio a comienzos del siglo XVI, como resultado del abaratamiento de los costes de producción y la extensión de la imprenta en España. El Romancero del Cid [14]gozó de 35 ediciones entre los años de 1605 y 1757. Siendo así que la imagen que prevaleció en la tradición oral y la escrita del romancero, por siglos, fue la del “soberbio castellano”, irreverente con el poder:

¡Maldito seas, Rodrigo,

del Papa descomulgado,

que deshonraste á un Rey,

el mejor y mas sonado! (57)

No es si no en la segunda mitad del siglo XIX que empezó a desfallecer la tradición del Romancero ─aparecen en menor cantidad los romances del Cid[15]─, mientras empezaba a cobrar vida la edición de Historia Roderici, y del Poema de Mio Cid, debido al auge del nacionalismo en el siglo XIX.

En un tiempo de cimentación de las raíces históricas para construir la idea de nación de los pueblos europeos, la publicación del Poema de Mio Cid (1779), como la de otras epopeyas nacionales —el Cantar de los Nibelungos (1807) en Alemania, Beowulf (1815) en Inglaterra, La Chanson de Roland (1837) en Francia, — obran la misión de instaurar un sentimiento comunitario concebido a través de los valores presentados por los héroes de los cantares de gesta. El caso español es peculiar. Desde la expulsión de los musulmanes y judíos, cada cabeza reinante, con el apoyo eclesiástico, se había dado a la tarea de probar que España era parte de la Europa cristiana, y para más señas, era incluso el baluarte de la cristiandad, del catolicismo que hizo imposible cualquier aire de reforma, y que mantuvo en España entidades políticas basadas en vínculos religiosos y dinásticos. Mientras en Europa el estado moderno terminaba sustituyendo la figura del rey, la lealtad común al monarca por la lealtad al país, en España, en cambio, la nación moderna surgida con las Cortes de Cádiz (1810-1814), que promulgaba un estado constitucional que situaba al rey al servicio de su pueblo y no viceversa, duró poco. Una vez que Fernando VII fue liberado y recuperó el poder, España regresó a su posición habitual, la que Álvarez Junco explica en Dioses útiles: naciones y nacionalismos diciendo:

Posteriores actitudes populares, como la entusiasta recepción a Fernando VII incluso después de haber anulado toda la obra de las Cortes de Cádiz, obligan a reconocer que lo que defendían los movilizados contra José Bonaparte —al menos buena parte de ellos— era la religión y la monarquía tradicional y no las reformas liberales. (157)

A tono con la resistencia a los cambios de los tiempos modernos, el Cid del PMC regresa al pueblo, en el siglo XIX, interpretado por las élites intelectuales conservadoras, que lo presentan como depositario del modelo impertérrito del buen español: leal a su rey y fiel a su religión, como ejemplo de conducta a seguir para los españoles del siglo XX, a criterio de Menéndez Pidal en La España del Cid (632).  

Luis Galván en El poema del Cid en España. 1779-1936: Recepción, mediación, historia de la filología analiza las transformaciones del PMC procedentes de las interpretaciones académicas producidas en el campo de la filología, que pasaron a difundirse en los planes de estudio, las revistas, los manuales escolares, los libros infantiles, etc., para concluir que, si bien en el período que transcurre entre 1779 y 1807 el PMC es analizado básicamente desde un punto de vista formal que habla de la antigüedad y la “rudeza de la obra” (48), de 1779 a 1936 el PMC pasará a ser interpretado como símbolo nacional, y el Cid como héroe de la nación. Miguel de Unamuno, Emilia Pardo Bazán, Manuel Milá y Fontanals, Menéndez Pelayo y Menéndez Pidal interpretarán el PMC desde una postura romántica nacionalista que destaca los valores caballerescos del héroe al servicio de la religión y de la monarquía.

La interpretación ideológica nacionalista del siglo XIX continua la tradición del siglo XIII de La Crónica General de España de Alfonso X el Sabio, quien principia el “proceso de mitificación del Cid en la historia” (Lacarra 107), al mezclar los hechos históricos con los ficcionales del Poema, al presentar al Cid como vasallo de Dios y del rey. Esta representación tiene seguimiento en el siglo XVI, cuando los monjes de Cardeña ajustan la figura del Cid a su causa personificándole como matamoros, como defensor de la cristiandad en la Crónica del Cid que ellos promovieron, y como santo en la sillería de San Benito el Real de Valladolid. En el mismo siglo, Felipe II se empeña en querer santificar al Cid y envía un emisario a Roma para tal fin, mientras que Alonso de Cartagena, obispo de Burgos y maestro de los intelectuales españoles, coloca al Cid en la Historia de España como prototipo ideal del príncipe castellano.

La pujanza tradicional triunfa ante cualquier otra lectura que se haga sobre la figura del Cid Campeador. Por ejemplo, Modesto Lafuente en Historia general de España (1877) pone de relieve la independencia personal del héroe y su enfrentamiento con el rey como manifestación de un rasgo democrático, de libre elección, aspecto este que, resume Galván, es “apenas mencionado en la tradición receptora española” (92). La opinión de Modesto Lafuente se hace inaudible ante las voces de intelectuales de prestigio y autoridad, quienes posesionaron al Cid como vasallo, y que tuvieron en Marcelino Menéndez Pelayo su figura destacada.

Menéndez Pelayo fue responsable de la ideología católica conservadora que quedó asociada a la figura del Cid. Como subraya Álvarez Junco, “[Menéndez Pelayo] created the definitive intellectual framework for the Catholic-conservative version of nationalism that had been developing over the preceding fifty years” (2011 283). En 1913, su alumno, Ramón Menéndez Pidal, tomó el relevo de su profesor, y alentado por el deseo de devolver a los españoles la gloria tras el Desastre del 98, usó la figura del Cid Campeador como modelo de héroe nacional.

La España del Cid, publicada por Ramón Menéndez Pidal en 1929, se convirtió en un éxito de ventas inmediato y en lectura obligatoria para los cadetes en las academias militares españolas. La investigadora María Eugenia Lacarra enfatiza que: “En su interés por el Cid, el primer gobierno de Franco elige el creado por Menéndez Pidal y lo propone como modelo del militar español moderno y de todos los españoles en general” (111). El modelo de Menéndez Pidal, descrito en La España del Cid, ensalza la intención del juglar que compuso el PMC, quien: “acierta a poetizar hondamente en su héroe el decoro absoluto, la mesura constante, el respeto a aquellas instituciones sociales y políticas que pudieran coartar la energía heroica” (74-5).

La imagen del Cid fue difundida en la enseñanza primaria franquista como retrato de prohombre perteneciente a una línea sucesoria que incluía, entre otros, a Viriato, Pelayo, Cortés, Felipe II, Primo de Rivera, y a Franco como representante último del linaje católico. Tal fue así que en la educación primaria llegó a fijarse la conexión entre el dictador y el héroe de Vivar en un libro de texto, España nuestra. El libro de las juventudes españolas, escrito por Ernesto Giménez Caballero, y utilizado en las escuelas como parte del programa de estudios sociales que enseñaba que: “Franco: es el héroe de romance como el Cid- y así le llaman también sus queridos moros, Sidi…” (Domke 172).

La dictadura franquista vendría a constituir el eslabón más visible de la larga cadena concebida por el poder: por los historiadores, por los intelectuales, por los eclesiásticos, por los medios de información, con el objetivo de aglutinar la nación española a tono con el pasado cristiano. La imagen del “buen vasallo”, durante el régimen franquista, terminó por dar sepultar a la otra, a la del “soberbio castellano”, que fuera otrora del gusto popular.

“La leyenda del cubo” forma parte de un grupo de leyendas que presentan un mismo patrón argumental, que Pierre Civil resume como: “el tema tradicional de la ocultación de la imagen, en peligro de caer en manos de los infieles, y su recuperación final, después de la victoria de los cristianos” (42). Sin ir más lejos, la leyenda del Cristo de la Luz en Toledo y la leyenda de la Virgen de Atocha presentan este argumento, forman parte de un mismo esquema narrativo, con una misma finalidad ideológica: la que perpetua el mito nacionalcatólico del origen de España, la idea de España nacida de la unidad de la religión católica.

El engaño que yace en esta clase de leyendas reside en la falsa creencia de que las mismas son resultado del imaginario popular, cuando ya se ha visto, el Cid más verosímil, el histórico, y el del gusto del pueblo, el del romancero, se corresponde con una imagen en rebeldía contra el poder representado por la iglesia y la monarquía. La imagen “del buen vasallo” se debe a una construcción e interpretación sobre la figura de Rodrigo Díaz efectuada por sacerdotes, monarcas, historiadores e intelectuales, aunados por el deseo de mostrar a España como un reino unificado en la fe católica. Quedará por verse si las leyendas que van siendo recogidas en el portal de internet, Camino del Cid,[16] iniciativa promovida por el doctor Alberto Montaner, se separan de esta otra, “de la leyenda del cubo”, de marcado carácter ideológico, o si esas son también producto de una finalidad nacionalista de tipo didáctico.

El peligro de las leyendas de esta clase es que ellas cumplen la misión de perpetuar lo fabricado por el poder. El folklore, refiere William R. Bascom, “fulfills the important but often overlooked function of maintaining conformity to the accepted patterns” (346). Con la difusión de leyendas de este tipo asistimos a la despedida del Cid como representante rebelde, como “soberbio castellano”, para ver al héroe español por antonomasia, al Cid, en su faceta de “buen vasallo” que divulga la leyenda, entregado al servicio de la religión y el rey, de una idea monolítica de España. En tiempos donde más bien debiera primar el cambio y la diversidad, realidades tangibles de la aldea global, leyendas como esta cumplen la función de anclaje conservador hacia un pasado construido sobre las bases de la exclusión y la represión hacia lo diferente.


 

 

Notas



[1] “De esta manera entendemos el folklore como expresión de la vida de las clases sociales explotadas en contraposición con los criterios de los estratos sociales dominantes” (Gramsci 149).

[2] En las Corónicas navarras (siglo XII), obra en prosa romance más antigua conservada en España, se presenta el "Linaje de Rodrigo Díaz el Campeador", su ascendencia y descendencia, y se le entronca con la monarquía reinante. En el Poema de Mio Cid (PMC) se lee: “Oy los reyes de España son parientes son” (v. 3724).

[3] El episodio que tienen a San Lázaro y al Cid como protagonistas ha sido recreado en variantes literarias que analiza Alberto Montaner en “Rodrigo y el gafo”, en El Cid, de la materia épica a las crónicas caballerescas. Alvar, G, et al., editores. Universidad de Alcalá, 2002, pp.121-79.

[4] La propagación de dicha leyenda tiene eco en numerosas publicaciones en internet, entre las que destaco por su alcance, la aparecida en El Correo de Madrid y en el periódico 20 minutos:

"Descubre la leyenda del Cid y la Almudena", El Correo de Madrid, 28 feb.2016, www.elcorreodemadrid.com/nacional/93055007/Descubre-la-leyenda-del-Cid-y-la-Almudena.html.

"Leyendas españolas (grandes misterios)", 20 minutos, 23 nov. 2011, https://listas.20minutos.es/lista/leyendas-espanolas-grandes-misterios-310787/.

[5] Esta última parte de la leyenda encuentra su fuente en la Crónica General de Alfonso X, basada ésta, a su vez, en La leyenda de Cardeña (siglo XIII), que se concentra en relatar los últimos días de la vida de Rodrigo, y en donde se da cuenta de la aparición de San Pedro para anunciarle al Cid: “Tanto te quiere Dios fazer merced, … et que tu, seyendo muerto venças esta batalla.” (Pidal, 1906 633).

[6] Huelga recordar que la reconstrucción de este episodio, donde el Cid reemplaza en la nueva versión al rey Alfonso VI, tiene su explicación en el comportamiento de la ‘función’ de un personaje explicada por Vladimir Propp en Morfología del cuento al decir que, “así como los caracteres y las funciones de los dioses se desplazan de unos a otros y pasan incluso, finalmente, a los santos cristianos, las funciones de ciertos personajes de los cuentos pasan a otros personajes” (32-33).

[7] Una referencia más conocida que la de los historiadores viene de la mano de Calderón de la Barca en el auto sacramental que lleva por título, El cubo de la Almudena (1680). Al respecto, Luis Galván en su libro, El cubo de la Almudena, nos deja saber que lo que Calderón cuenta tiene a Vera Tassis como base histórica (p.11).

[8] “La Almudena: tres leyendas sobre el origen de la Virgen madrileña con nombre árabe”, ABC, 9 nov.2016, 16:09, www.abc.es/espana/madrid/abci-almudena-tres-leyendas-sobre-origen-virgen-madrilena-nombre-arabe-201611082339_noticia.html.

[9] "La virgen oculta en la muralla de la Almudena", TeleMadrid, 6 may.2016, 21:59 h, www.telemadrid.es/programas/punto-sobre-la-historia/la-virgen-oculta-en-la-muralla-de-la-almudena.

[10] Antonanzas de Toledo, Diego. "Los orígenes de Madrid y la Virgen de la Almudena", Madrid & you, 28 sept,2013, madridandyou.com/los-origenes-de-madrid-y-la-virgen-de-la-almudena/.

[11] Zurdo, David, "Las leyendas de la Almudena", 19 jul, 2019, 15:59 h, Cadena Ser, https://cadenaser.com/emisora/2019/07/19/radio_madrid/1563544751_187406.html.

[12] "Pequeña historia de Madrid escrita para un blog: La conquista de Madrid por Alfonso VI", Miradas de Madrid, 3 jul,2015, http://miradasdemadrid.blogspot.com/2015/07/historia-de-madrid-capitulo-vii-la.html.

[13] Una famosa imagen de la Virgen de Santa María de Rocamadour existió en el monasterio de Santa María de Hornillos, al oeste de Burgos, en el camino francés a Santiago de Compostela, según documenta Colin Smith en, The Making of the Poema de Mio Cid, p.221.

[14] Carlos Clavería nos hace saber que buena parte de los romances del Romancero del Cid procede del Cancionero General de 1550, p.263.

[15] En 1872 aparece el Romancero del Cid en formato popular, el cual llegó a alcanzar en 1897 su séptima edición. En 1884 apareció en Barcelona, con prólogo de Manuel Milá y Fontanals, el Romancero selecto del Cid, que llegó a reeditarse cerca de doce veces, y en donde el catedrático catalán destaca el hecho de que “no siempre el Cid se mostró vasallo reverente” (VI).

[16] "Proyecto de investigación sobre Patrimonio inmaterial: las tradiciones cidianas". Camino del Cid. Un viaje por la Edad Media, www.caminodelcid.org/cid-historia-leyenda/tradiciones-cidianas/. 

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